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Sima del Duende

Publicado: 10 mayo, 2013 en Cuevas y Simas, Espeleología

  por Antonio Salinas

             La Sima del Duende es una cavidad, relativamente pequeña, situada en Sierra Arana que sirve como cueva-PC100057.jpgescuela para los diferentes clubs espeleológicos de la provincia.  Esto es debido a que, aun no siendo muy profunda, dispone de los principales elementos para realizar descensos y progresiones verticales que permiten, guiados por un instructor, continuar avanzando en la comprensión de los diferentes elementos mecánicos y técnicos que acompañan a la actividad espeleológica.

          Aquella mañana decidimos aventurarnos en su exploración, guiados por Jesús Molina “Chechu” y por José Manuel Porcel, ambos expertos espeleólogos. También nos acompañaban (a Kiki y a mi) Nieves Martín y Luis Hernández, la primera del Club La Verea (al igual que Chechu) y el segundo compañero de muchas otras aventuras.

              Subimos en nuestros vehículos por el ancho carril que, desde Cogollos Vega, sube hasta el venteado aparcamiento cercano a a la Cueva del Agua. El día es gris, plomizo, y un viento frío trepa desde los valles hasta las áridas cimas de Sierra Arana. Decidimos cargar todo el equipo y equiparnos en el interior de la cueva, para evitar el frío.

                    Un pequeño sendero parte hacia el Oeste desde el aparcamiento, permitiéndonos caminar dejando a nuestra derecha el Peñón del Asno, un agrietado y polvoriento “cortado” de roca. La cueva no está lejos, quizás a 5oo metros, y se nos presenta inicialmente como un abrigo de roca, un lugar excelente para guarecerse del viento o la lluvia. Comenzamos a abrir los baúles y a equiparnos, cuidando de revisarnos mutuamente la buena colocación del arnés.

                        En pocos metros la cueva se vuelve oscura como boca de lobo, y es por una abertura a la derecha por donde comenzaremos a explorar las profundidades de esta sima. Pero antes de nada, y para ir abriendo boca, dejadme que os ponga el vídeo de este día. Más abajo, como siempre, toda la información.

Sima del Duende

       La Sima del Duende se inicia con un pasamanos que permanece colgado en la pared de la derecha y conduce al primer pozo.  Chechu va en primer lugar y baja por el pozo para preparar el primer fraccionamiento. Con mucha alegría descubrí hace pocos días que mi primo hermano Emilio Salinas, junto con otros compañeros, fue quien equipó esta cueva hacía muchos años. Por que resulta que mi primo ha sido todo  un pionero en la espeleología granadina. Se ve que algo en la sangre debemos llevar.

Comenzamos el descenso. (C) Fotografía José A. Martín

Comenzamos el descenso. (C) Fotografía José A. Martín

              Bueno, el caso es que cuando Chechu nos avisa de que todo está en buen estado comenzamos a bajar. Caundo llega mi turno suelto voy soltando la primera vaga de anclaje y me sujeto a la anilla que permanece en vertical al pozo. Observado por Porcel comienzo a pasar la cuerda por el descendedor, un mecanismo de poleas reducido al mínimo espacio posible que sirve para frenar el descenso o incluso detenerlo por completo. Comienzo a bajar, la pared está ligeramente húmeda y no ayuda a que las botas de agua se anclen, pero inclino la espalda y pulso repetidamente la palanca del descensor hasta alcanzar la reunión en la que se encuentra Chechu esperando. Menos mal que estaba allí, por que con las vagas de anclaje que llevaba (fabricadas con unas cintas y que habían quedado demasiado cortas) la verdad es que estaba resultando complicado para un novato como yo.

             Pero consigo superar el fraccionamiento y continuar el descenso, rapelando suavemente por una pared amplia iluminada únicamente por la luz de mi frontal, hasta llegar a la sala principal situada 15 metros más abajo.  Allí estaba ya Kiki que me ayuda orientando mi rumbo desde abajo.

Esperando para subir. (c) Fotografía Jesús Molina

Esperando para subir. (c) Fotografía Jesús Molina

               Una vez abajo esperamos a que llegue el resto del equipo. Cuando todos juntos decidimos explorar la galería del noroeste a la que se accede tras escalar una pared de unos tres metros de la que cuelga una cuerda. No es que nos fiemos mucho de la cuerda (se ve vieja y con más tiros que en la guerra) pero a fin de cuentas la caída no es demasiado aparatosa.

                   Así que sacamos el puño, pasamos la cuerda por el croll ventral, y a subir. Al principio a tirones, pero poco a poco comenzamos a coordinar el pie con el puño (sed buenos, recordad que somos novatos). Cuando subimos el pequeño promontorio accedemos a una pequeña galería, un pasillo estrecho que conduce hasta otro descenso. Hemos fijado la cuerda a una gruesa estalagmita y uno a uno bajamos  hasta una pequeña sala llena de estalactitas y estalagmitas.

Estalagtitas en la Sima del Duende. (c) Fotografía Jesús Molina

Estalagtitas en la Sima del Duende. (c) Fotografía Jesús Molina

                  Al fondo de esta pequeña sala hay un túnel descendente que conduce a un nuevo salto , llevando ya por medio de un ancho terraplén a la última sala de aquella galería.  Es una sala amplia, alta, y al final hay un estrecho pasillo que se interna algo más, ofreciendo deslizantes formas en la roca.

(C) Fotografía de Jesús Molina

                  Después de un rato de charla comenzamos la parte más ardua, el ascenso a la superficie. Nos equipamos nuevamente con el puño y nada, p’arriba. Una a una vamos dejando atrás todas las salas hasta llegar a la principal. Cuando miramos el reloj acordamos no explorar la galería Este ya que acabaríamos muy tarde y algunos de nosotros tienen compromisos poco después del medio día. Así que nos ponemos las pilas y comenzamos a trepar por el muro de 15 metros hasta alcanzar la superficie y los tibios rayos del sol. La galería Este, con su Sala del Castillo, quedará para otra ocasión.

Lecturas Recomendadas

  • Manual de Espeleología (4º Edición), de José Martínez Hernández . Editorial Desnivel –  Manual de referencia en la exploración espeleológica, revisado y ampliado. 304 páginas de datos técnicos preparados para iniciarse y progresar en esta disciplina de exploración.
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                 Nuestro amigo Jesús Molina “Chechu”, cuevero de la sección espeleológica del Club La Verea, nos informa de una excelente noticia. En tiempos dificiles como los que nos ha tocado vivir ha decidido nacer una revista que tiene visos de hacer historia. Se trata de Eurospeleo Magazine, revista nacida en el seno de la Fédération Spéléologique Européenne (Federación Europea de Espeleología)  o FSE, y dirigida por Oliver Vidal, Secretario general  de la FSE. El Staff, coordinado por Mihaela Micula, esta formado por espeleológos de catorce paises europeos, entre los que  con orgullo podemos decir que se encuentra nuestro propio Chechu.        Según Oliver Vidal, Eurospeleo Magazine surge tras el periodo de 1999 a 2001 en el que la FSE utilizó la Eurospeleo Newsletter como medio de comunicación, al que siguió el periodo de 2005 a 2009 con el FSE Mail. Las nuevas tecnologías han permitido desarrollar una publicación de gran calidad con proyección internacional y con la posibilidad de explotar las redes sociales como elemento de coordinación y comunicación.

                   La revista, que se distribuye gratuitamente, se edita en formato bilingue (ingles/francés). La hemos añadido a nuestro revistero, para que la podais consultar con comodidad.

              De momento, el primer número, que nos aporta un excelente menú cuevero, lo podeis disfrutar aqui mismo.


Jesús “Chechu” Molina Torres

       En el mes de Junio de 2012 nuestro buen amigo Jesús “Chechu” Molina Torres, integrante de la Sección de Espeleología del Club La Verea, de Granada, marchó junto a sus compañeros de sección para tierras cantabras.   Lo estabamos echando de menos aqui, en Granada, ya que se acababa de sacar su título de buceo y queriamos compartir con él sus primeras inmersiones, pero había puesto pies en polvorosa hacia el norte, y ahora sabemos por qué.

       La idea era realizar dos importantes incursiones espeleológicas abordando los sistemas Sima Tonio-Cueva Cañuela y Torca Tibia-Cueva Fresca. Como remate final realizarón el descenso del Barranco  de H.oz de Rubó. Durante toda la expedición, fiel a su espíritu de mostrar a todos las bellezas que sus ojos ven, Chechu fue cámara en ristre (lo que tiene enorme mérito cuando estás colgado de una cuerda), por lo que logró filmar unas estupendas imágenes que posteriormente editó en lo que es, en toda regla, un magnífico documental de espeleología y barranquismo. El video tiene tal calidad que no podía resistirme a traerlo hasta aqui, por lo que pedí permiso a Chechu para que medejara postear su video y su crónica de la expedición. Chechu, como siempre, no ha tenido problema en colaborar, asi que aqui teneis esta estupenda entrada, que espero os sirva para guiaros, de la mano, hasta las entrañas de la tierra.

Expedición Cantabria 2012

por Jesús Molina Torres

Originalmente publicado en el website del Club La Verea

                ¡Ave Mundi!

               En el Club de Montaña “La Verea” me conocen como “Chechu”. No soy escritor, ni fotógrafo ni director de cine. Ni siquiera soy espeleólogo. Sólo un humilde cuevero con una cámara. Este trabajo tampoco es mío sino que pertenece a mis amigos Rafael Pontes Ibáñez (Rafa), Sergio Pontes, Emiliano Montero, Trinidad Molinero (la Trini), Daniel Ramírez Santamarina (Dani o “el nuevo”) y José Manuel Puertas Cañas (JOSELILLO;-). Sin ellos, nada de esto sería posible.

           De todas formas, voy a intentar agradecerles a todos ellos su trato hacia mi persona relatando lo mejor que pueda lo que ocurrió en aquellos cinco días que pasamos los siete en la cornisa cantábrica practicando el apasionante deporte de la espeleo y el barranquismo para que luego no digan que nos pasamos tres pueblos ni dejamos a nadie abandonado en ninguna cueva.

            Para que no tengáis que bajar hasta el fondo de la página, os dejaré el enlace de vídeo aquí, en la primera cabecera (cota -10 metros). Os aviso que es un pelín largo y os pido perdón si os robo más tiempo de la cuenta pero no podía hacer menos dada la envergadura de la empresa pues estamos hablando de los sistemas Sima Tonio-Cueva Cañuela y Torca Tibia-Cueva Fresca, además del Barranco de H.oz de Rubó.

Sigamos con la crónica de nuestro viaje.

Preparativos y Viaje

           En las semanas anteriores al miércoles día 6 de junio la gente de La Verea se estuvo preparando para realizar una expedición de varios días al valle del río Asón, cerca de Arredondo (la capital del mundo). Rafa examinó montones de vídeos en internet y topografías para decidir las grutas candidatas; Sergio preparó tres frontales nuevos de led para tener más luz; Joselillo se miró el catálogo de barrancos cercanos a la zona y Miguel Canalejo no hizo nada porque tenía que trabajar y no pudo venir (¡lástima!. Te echamos de menos).

             Así, todos nos levantamos nerviosos y excitados aquel día. Nuestro objetivo era realizar las travesías de Tonio-Cañuela y Sima Tibia-Cueva Fresca, dos sistemas impresionantes de la colección de oquedades que abundan en esta hermosa región de Cantabria durante el jueves y el viernes. Cerca de allí se abren los impresionantes “bujeros” de Cueto-Coventosa y la Torca del Carlista. Rafa se decidió por una travesía de cinco horas y otra de siete u ocho. Del barranco no se sabía nada por entonces pues nos costaba decidirnos.

          Habíamos quedado a las tres de la tarde en la casa de Rafa y, más o menos, los siete fuimos puntuales. En la furgoneta de Emiliano se montaron Dani y Joselillo. Sergio, la Trini y yo nos fuimos en la Fiat de Rafa. A las tres y media salíamos de Granada por la carretera de Jaén pertrechados con todo el material del que disponíamos en nuestros armarios y desvanes.

            Nada más pasar Despeñaperros, Emiliano empezó a quedarse descolgado y, cuando llegamos a Madrid, pasó lo inevitable: la furgoneta de cola se saltó el desvío de la M-50 y nos separamos irremediablemente. Rafa decidió pasar el Puerto de Guadarrama por el túnel y coger la autopista de peaje AP-61 hasta Segovia mientras que Emiliano tomó la N-603. Ambos pararon tras pasar el citado puerto para descansar y comer algo pero el destino quiso que Emiliano llegara antes a la meta. No sólo tomaron el camino más corto sino que, además, tengo entendido que Emiliano se picó con un deportivo en los últimos kilómetros del trayecto.

Restaurante Coventosa. Fotografia de Jesús Molina Torres

             Sea como fuere, cuando llegamos a las 0:20 horas del jueves siguiente, Emiliano, Joselillo y Dani nos estaban esperando en la puerta del restaurante Coventosa, en Val de Asón, pedanía de Arredondo, un local recientemente reformado que cuenta desde hace tiempo con un albergue para los numerosos cueveros que se congregan allí con frecuencia. Después de recorrer 927 kilómetros, casi no nos quedaban fuerzas para sacar las cosas de la furgoneta. Cenamos de nuestras provisiones y nos fuimos pronto a la cama (máximo las tres de la madrugada).

Al día siguiente, nos levantamos alrededor de las ocho de la mañana para preparar los arreos de cueva y desayunar. Luego nos montamos en las furgonetas (siguiendo la misma disposición del día anterior) y recorrimos los cuatro kilómetros que nos separaban de Arredondo. Habíamos quedado allí con Ibán “El Cántabro” a las 9:00 A.M. en la puerta de la iglesia. Ibán es un amigo de Sergio que conocía bien el sistema Tonio-Cañuela pues había estado numerosas veces en ella recientemente así que perderse en ella o buscando la entrada parecía difícil. Ibán llegó puntual a la cita, después de viajar hora y media desde su casa, lo cual es de agradecer. Además, nos quitamos una hora y media de duro ascenso gracias al conocimiento del terreno de nuestro guía pues nos condujo por una suerte de caminos (asfaltados y todo) primero a la salida de Cueva Cañuela que se abre cerca del río que recorre el valle, en la localidad de Socueva(allí dejamos un coche) y, después, a la cima de la misma montaña donde abundan los agujeros en el suelo y las vacas.

Ejemplo de las numerosas dolinas que se pueden encontrar esparcidas por las inmediaciones. Fotografia Jesús Molina Torres

                      Los agujeros son debidos a la presencia de numerosas dolinas, fruto de la disolución de rocas carbonatadas y posterior colapso de las oquedades resultantes. Aunque dicho así no exprese belleza, he de comentar que a cualquiera le producirá una sensación de paz y bienestar indescriptibles la mera presencia en aquella zona tan hermosa siempre que el tiempo acompañe (como nos sucedió a nosotros). El verde intenso de la hierba interrumpido de forma escabrosa por las pinceladas de gris de aquellas rocas que trataban de llegar hasta el cielo y las manchas marrones de las vacas en una atmósfera tan clara consiguieron conmover los corazones de aquellos expedicionarios.

Sima Tonio (CA-31)

Dani y Emiliano se ponen en modo “cueva” en las cercanías de la entrada de Sima Tonio. Fotografia de Jesús Molina Torres

En veinte minutos escasos a pie nos pusimos en la entrada de Sima Tonio, un agujero bastante modesto que se abre verticalmente en una roca que hay en la base de un promontorio calcáreo. ¡Quién iba a pensar que aquel miserable “bujero” fuera tan largo!. Nos pusimos en modo “cueva” en un llano cercano. Después de revisar y comprobar nuestros nuevos frontales, Sergio se metió primero en aquella fractura y comenzó a instalar la vía. Le siguió Ibán, Joselillo, Chechu, Dani, Trini, Emiliano y Rafa cerrando el grupo para desinstalar (al ser travesía, no teníamos pensado volver subiendo sino salir por debajo, por Cueva Cañuela).

              Nada más entrar, tuvimos serios problemas con nuestros frontales y no porque no consiguiéramos que iluminaran nuestro camino sino más bien por todo lo contrario: el exceso de luz atrajo a infinidad de artrópodos voladores que proliferaban abundantemente debido a las condiciones de humedad y temperatura. No puedo deciros a qué especie pertenecen pero sí a qué saben. También encontramos gran cantidad de ejemplares de una araña de tamaño relativamente grande, con el abomaso marrón, el resto negro y con franjas rojas en las patas.

Uno de los numerosos ejemplares de araña que encontramos en Sima Tonio. Fotografia de Jesús Molina Torres

Alguno de los ocho que entraron allí siempre ha sentido un ánima aversión por estas criaturas de ocho patas así que no es de extrañar que diera un bote que casi se sale de la cueva cuando una brida de mi casco le rozó el cuello sutilmente. De esta manera se sucedieron los tres primeros pozos, de 15, 18 y 10 metros respectivamente, emparedados en una diaclasa estrecha y sin poder abrir la boca. Llegamos a la cabecera del primer gran pozo y seguía habiendo mosquitos a nuestro alrededor pero la visión del abismo que se abrió a nuestros pies nos hizo olvidarnos de ellos.

Sergio e Ibán en el pozo de 48 metros. Fotografia de Jesús Molina Torres

             El pozo en cuestión es un sumidero bastante ancho y tiene una profundidad de 48 metros aunque no lo descendimos entero ya que nos desviamos por una ventana situada a 35 metros por debajo de la cabecera. Debido a las grandes tiradas de cuerda, el grupo empezaba a dividirse y a ralentizarse la marcha pero, poco a poco, íbamos superando cada obstáculo con normalidad. Subimos una corta rampa que nos devolvió a la diaclasa estrecha para descender luego por un par más de pozos de 10 y 13 metros cada uno.

Dani se descuelga hasta la ventana en el P-48.

          Después nos tocó atravesar una zona complicada por la estrechez y verticalidad de la misma así que, poco a poco, fuimos escurriéndonos entre las paredes, bien en oposición, bien ayudados por cuerdas y pasamanos, bregando por avanzar horizontalmente cien metros por debajo de la superficie terrestre. Rafa cerraba el grupo recogiendo la cuerda de 70 metros que estábamos usando y asegura que él no tuvo nada que ver con el susto que nos llevamos a continuación.

               El caso es que parece ser que una gran escama de roca se desprendió en ese mismo momento de un techo y nos puso a todos en peligro. No puedo deciros tampoco lo que pasó exactamente porque a mí me pilló cuando iba en el grupo de cabeza pero Rafa asegura que él estaba sentado en una repisa viendo como bajaba Trini cuando una laja de unos 50 kilos se desprendió fortuitamente de la pared y cayó pasando cerca de ella para pegar luego con una pared y hacerse “cachos”. Lo que sí puedo asegurar es que todos nos quedamos inmóviles al escuchar el estropicio y, seguramente, todos nos temimos lo peor.

            Rafa quedó tan impresionado en ese momento que no atinó a gritar “PIEDRAAAA”, como mandan los cánones del cuevero. Me imagino que la visión de la roca pasando cerca de Trini lo dejó momentáneamente paralizado hasta que ya no tuvo sentido gritar nada. No obstante, ambos se preocuparon de tranquilizar al resto del grupo con prontitud contando lo sucedido (lo cual fue de agradecer). Proseguimos la marcha una vez reagrupados y repuestos del susto para enfrentarnos al siguiente obstáculo.

Por esta estrecha diaclasa tuvimos que bajar. Fotografia Jesús Molina Torres

          La diaclasa se estrechó ante nosotros al máximo (apenas 40 centímetros o lo suficiente para poder respirar) y, además, el suelo desapareció de nuestra vista. Sergio e Ibán pasaron primero con poca dificultad para ir instalando los pozos siguientes. El resto fuimos pasando a continuación con mayor o menor dificultad. La diaclasa descendía unos cuatro o cinco metros solamente pero la estrechez de la zona hizo que algunos lo franquearan con más sufrimiento. No había mucho espacio para maniobrar y era fácil quedarse atrancado.

No obstante, poco a poco descendimos para encontrarnos la cabecera de un pozo de 55 metros de sección bastante ancha. Los técnicos que iban a la cabeza montaron un rappel con un fraccionamiento a mitad del recorrido más o menos. Allí volvimos a poner nuestros nervios de punta descolgándonos en el sobrecogedor abismo que se abrió ante nosotros. A pesar del incremento de potencia de nuestros frontales, no podíamos iluminar completamente aquel cilindro hueco. La oscuridad se tragó casi todos los fotones, quebrando nuestras expectativas de sacar alguna instantánea decente. Cuando hubimos descendido todos, continuamos nuestro camino por un meandro estrecho que tiene una brecha en el suelo a lo largo de todo su recorrido. Fue aquella brecha traicionera la que arrebató la bota de Dani en una hilarante situación. La puntera metálica quedó encajada en la grieta y se salió del pie al tirar nuestro compañero. Luego, nos partimos de risa mientras se la volvía a poner y no pude captar el momento con mi cámara. Despacio y con esfuerzo, continuamos nuestro camino por aquel angosto pasadizo hasta que salimos a la cabecera de otro pozo.

Sima Tonio (CA31) Topografia

                   A partir de aquí, se sucedieron muchos más. Tantos que perdí la cuenta. Menos mal que tenemos la topografía en Internet. Como podéis ver en las ilustraciones adjuntas, tuvimos oportunidad de rappelar una amplia colección de pozos para todos los gustos (desde 5 hasta 22 metros). Se sucedieron sin tregua ni descanso elevando la temperatura de nuestros descendedores hasta que, al final, llegamos a una sala que continuaba por un laminador seco. Al final de este, hay un agujero en el suelo de algo más de un metro de diámetro que da al techo de la enorme sala Olivier Guillaume, perteneciente a la Cueva de Cañuela (o Cayuela para los oriundos).

              Personalmente, he de admitir que acceder a aquella sala me costó bastante de mi arrojo y no por los 20 metros que me separaban del suelo sino porque tuve que “arrojarme” a ella literalmente. Creo que mis compañeros tuvieron el mismo problema y, todo, debido a que la cabecera de este acongojante rappel está en el techo de la sala, debajo del agujero donde se encuentra el cuevero que pretende acceder por lo que tiene que anclarse y, luego, dejarse caer al vacío. Si lo probáis, comprobaréis lo emocionante que es.

Fuimos bajando uno a uno a aquella gran cavidad, aterrizando en la ladera de una colina que se eleva sobre un caos de bloques. Allí, a 240 metros de profundidad, nos detuvimos para tomar un refrigerio y descansar un poco. Afortunadamente, la primera fase de la expedición estaba completada sin bajas.

Cueva Cañuela

Topografia Torca de Tonio – Cueva Cañuela

          Después de comer, nos pusimos de nuevo en marcha perezosamente y descendimos aquella colina sorteando los grandes bloques de piedra. Dejamos la Galería del Tántalo a nuestra espalda y, cuarenta metros más abajo, nos esperaba La Antesala y la Galería Este. A partir de aquí fue cuando empezamos a ver bellas formaciones espeleotemáticas por doquier, sembradas a lo largo de aquel barranco subterráneo.

               Evidentemente, no pudimos verlo todo; nos dejamos algunas galerías sin visitar porque esta cavidad es eso: un enorme barranco subterráneo con afluentes, cascadas, galerías más grandes que las del metro que se entrecruzan al mismo o diferente nivel, cortándose unas a otras en impresionante tajos que hay que franquear con pasamanos.

Colección de espeleotemas encontrados en Cueva Cañuela. Fotografia de Jesús Molina Torres.

Por suerte, la Olympus que siempre me acompaña dio el do de pecho reforzada por el cañón lumínico suministrado por Sergio. La batería aguantó bien y me permitió captar una parte de la magnitud y belleza de aquellas engalanadas galerías. Como es natural, me volví a quedar el último, cautivo de la visión de aquellas increíblemente largas y planas estalactitas. Rafa tuvo que apremiar al grupo para poder cumplir con el horario previsto.

Todos juntos, fuimos avanzando por aquel conjunto de túneles. Franqueamos la Galería 10 de Agosto, La Sala del Vivac y la Galería de las Sierras hasta llegar a la Sala de la Encrucijada. Luego, continuamos por la Galería del Bulevar hasta el Pozo del Arca, siempre siguiendo el curso de un río que aparece y desaparece con frecuencia, dejamos la Galería Oestea nuestra izquierda y seguimos por un largo corredor que nos llevó a la salida.

Salida de Cueva Cañuela y fin de travesía. Fotografia de Jesús Molina Torres

                   A mitad de este corredor nos salió al paso un nuevo desnivel de doce metros que salvamos usando una cuerda que había instalada en fijo. Esta cuerda estaba en buen uso a pesar del tiempo que llevaba aunque algo endurecida e hizo que bajáramos a trompicones. Después, continuamos siguiendo la misma dirección hasta que, doscientos metros más allá, alcanzamos la salida de la cueva. El sol de la tarde iluminaba la majestuosa entrada de aquella cavidad y empequeñecía a los cueveros que salieron por ella.

            Como el coche de Ibán no andaba lejos, descendimos por la ladera que encontramos a la salida hasta alcanzar una vereda que descendía contracorriente si la seguíamos por la izquierda, bajando entre verdes arboledas y helechos para cruzar el río por un humilde puente. La carretera de Socueva queda a 20 metros. Ibán llevó a Rafa y Emiliano a buscar las furgonetas de estos mientras nos quitábamos los equipos y los monos. Cuando llegaron, recogimos todo, nos montamos en las furgonetas siguiendo la disposición acostumbrada y nos fuimos a Arredondo para celebrar el éxito de la misión.

          Gracias a Ibán, habíamos superado esta complicada travesía sin perdernos en ningún momento pero el destino aguardó hasta que nos despidiéramos de él para jugarnos otra mala pasada. La furgoneta de Rafa se quedó algo rezagada al abandonar Arredondo y, a la hora de girar a la derecha en el cruce entre las calles de Arturo López y Barrio del Bao, seguimos de frente por la carretera que va a Ramales de la Victoria (CA-261). Íbamos cascando y riendo, distrayendo al conductor en su tarea de navegación y, como ninguna carretera nos resultaba familiar allí, pasó un buen rato hasta que nos dimos cuenta que tardábamos demasiado en llegar a Val del Asón.

            Tres pueblos y 14 kilómetros hicieron falta para que nos percatáramos del error. Cuando llegamos al refugio, Emiliano nos esperaba de nuevo en la puerta con sonrisa socarrona. Las chanzas fueron inevitables durante el resto del día que transcurrió sereno, en aquel albergue tan acogedor, mientras nos entreteníamos en limpiar el material propio de los cueveros y charlábamos sobre las anécdotas del viaje. Nos pudimos duchar, comer en el restaurante y descansar para el día siguiente.

<Estás ahora en la cota -200. Te faltan 300 metros para llegar al fondo del pozo>

Sima de Tibia

                El viernes volvimos a madrugar para preparar los petates y las cuerdas. Nos levantamos a las 8:00 a.m. perezosamente, desayunamos y cargamos todo el material en las furgonetas. Hora y media después abandonamos el refugio por la CA-265 en dirección a

Trini y Dani durante la aproximación a Sima Tibia.. Fotografia de Jesús Molina Torres

Cañedo y, a menos de un kilómetros, nos desviamos a la derecha, hacia las Casucas de Asón por una pista sin asfaltar que va paralela al río Asón por su margen oriental. Joselillo, usando el aparato de geolocalización (GPS) determinó el punto donde teníamos que dejar los vehículos para seguir el track que se había descargado de Internet y guiarnos a la entrada de la Sima de Tibia. Aparcamos cerca de un puente y dispusimos el material necesario acomodado para su transporte a pie. Luego, cruzamos el puente y seguimos hacia la izquierda por un camino paralelo al río que ascendía suavemente entre la exuberante vegetación de esta región tan húmeda para un andaluz. Pero, más adelante, nos aguardaban dos horas de duro ascenso para ganar 618 metros en 5’32 kilómetros así que tuvimos que parar un par de veces para descansar y reagruparnos. Curiosamente, Joselillo nos condujo con precisión hasta la entrada de la sima. Tras descansar lo imprescindible, procedimos a ponernos una vez más en modo “cueva”. Luego, Sergio se acercó a la entrada de aquella brecha vertical y, haciendo oposición, subió para alcanzar las chapas y montar la cabecera del primer pozo. Cuando terminó, descendió de nuevo a las profundidades de la corteza terrestre seguido por Joselillo. Cuando dieron el “libre”, les seguimos el resto, con Rafa cerrando el grupo para desmontar. Los catorce metros de pozo inicial daban acceso a una galería bastante cómoda que desciende continuamente, atravesando una sala más ancha que hay a los pocos metros, y continua por un corredor que se va estrechando en una suerte de meandro relativamente dificultoso. Este meandro desemboca en otra corta galería que la atraviesa perpendicularmente y desciende hacia la izquierda. Al final de ésta se abre el abismo bajo nuestros pies en el primero de los dos grandes pozos de este sistema, ambos de 85 metros de profundidad y anchura suficiente como para tragarse un yate.

Este es el primero de los pozos de 85 metros visto desde abajo. Fotografia de Jesús Molina Torres

         Cuando este cronista llegó al sitio, Emiliano empezaba a bajar y Joselillo y Sergio estaban ya abajo, iluminando el fondo con sus focos, de modo que podíamos ver la magnitud de la caída. Creo que me revisé las correas y los aparatos algo así como veinte veces antes de colgarme de aquella cabecera (lo malo de llevar luz suficiente es que ves que te vas a matar). No obstante, todos bajamos por aquella cuerda que se nos antojaba más fina por momentos e, incluso, paramos varias veces a mitad de recorrido para permitir que el calor se fuera irradiando de nuestros descendedores poco a poco. En el fondo de aquella aberración de la geografía nos reagrupamos, con cien metros de tierra sobre nuestras cabezas. Luego, proseguimos nuestra ruta descendente por otra sucesión de pozos de 19, 30 y 36 metros (este último conocido como Pozo del Péndulo) y un par de destrepes de ocho metros cada uno hasta alcanzar una sala relativamente grande a unos doscientos metros de profundidad. Dani manifestó allí mismo su nerviosismo por la siguiente prueba que nos tocó pasar: un largo meandro que se estrecha por momentos y con una grieta en el suelo que obliga a progresar tumbados y haciendo oposición en unas paredes poco cómodas. Además, es posible que le habláramos más de la cuenta de la gatera final de este paso y que lo lleváramos algo asustado aunque no tanto como se puso al escuchar los sonidos producidos por los compañeros que iban delante.

Alzado del sistema Sima Tibia-Cueva Fresca.

           El cámara entró primero seguido por Sergio, Joselillo, Trini, Dani y el resto. Con dificultad, fuimos avanzando por aquella infernal gatera hasta que llegamos al estrechamiento. Allí, Sergio me adelantó para pasar la estrechez. Luego entré yo pero me quedé atascado en mitad con Joselillo pegado a mi trasero. Tenía que tirar del petate, el casco me estorbaba enormemente para maniobrar, no tenía suelo donde apoyarme y no encontraba la postura adecuada para poder avanzar. En vez de ponerme nervioso, decidí tomarme unos momentos de descanso e, incluso, liberar esa pequeña burbuja de gas que me atosigaba el intestino a pesar de que sabía que Joselillo estaba demasiado cerca.

                Entre los gritos que dio Joselillo acordándose de mis antepasados, los que dio Trini después (que también pasó lo suyo) y los que di yo para salir de allí, se consiguió que Dani entrara hecho un manojo de nervios. A pesar de esto, nuestro nuevo colega pasó la dificultad estupendamente y todo quedó en un susto y unas risas. Pasado este estrechamiento aún nos quedaban bastantes metros de meandro angosto y tardamos bastante en recorrerlo. Sólo al final se abrió un poco permitiendo que avanzáramos de pie aunque por poco tiempo porque la grieta del suelo se abre y se hace más profunda.

Segundo pozo de 85 metros descendido en Sima Tibia. Fotografia de Jesús Molina Torres

De hecho, se hace tan profunda que desemboca en el segundo de los pozos de 85 metros y hay que acercarse a la cabecera usando un pasamanos que encontramos instalado con dos o tres cuerdas paralelas. Sergio instaló una vía con un fraccionamiento a media altura y, por allí, fuimos descendiendo uno a uno. Con este nuevo descenso, alcanzamos una profundidad de -367 metros. Después de reagruparnos, continuamos nuestra travesía por la Galería de Jackes Very.

Cueva Fresca

Este conducto tiene una longitud de unos 150 metros y desciende hasta los 384 metros de profundidad para morir en el pozo de la Unión, llamado así porque comunica la Sima de Tibia con Cueva Fresca. A partir de aquí, se continúa por la Diaclasa de los Parisinos (perteneciente a Fresca), un largo corredor que se estrecha bastante en algunos puntos siguiendo la tónica de los meandros que nos salieron al paso así que tardamos más de una hora en recorrerlo. El trazado de la galería está bien marcado con unos pequeños rectángulos reflectantes y asciende suavemente en muchos tramos. Además, el cansancio empezó a hacer mella en algunos de los excursionistas que empezaron a quedarse rezagados.

               Mientras los Pontes y Joselillo avanzaban con rapidez, Trini y Emiliano se quedaron rezagados. El resto estábamos más o menos repartidos y no era fácil perderse pero, en un momento dado, Emiliano y Dani se entretuvieron, quedándose atrás y perdieron de vista al resto del pelotón. Cuando Dani se dio cuenta de que no sabía por dónde seguir intentó llamarnos pero, como todos los cueveros saben, la piedra aísla el sonido y no lo oímos. El muchacho empezó a ponerse nervioso y a dar vueltas para un lado y para el otro, buscando una continuación y gritando a pleno pulmón.

Joselillo y Rafa esperan en la Sala Rebelais la llegada del grupo de cola. Fotografia de Jesús Molina Torres

Emiliano, viendo el panorama, decidió sentarse a descansar y a fumarse un cigarro, pensando que, con su actitud, calmaría los ánimos del joven. Su edad y dilatada experiencia le decía que no estaban en una situación peligrosa y procuró divertirse viendo a Dani en ese estado. Mientras, más adelante, Rafa se desesperaba en la Sala Rabelais viendo que no venían ni estos dos ni Trini, que también andaba ya algo falta de fuerzas. Tras veinte minutos de espera, el grupo de cabeza empezó a escuchar al grupo de cola. Dani seguía llamándonos y preguntando por dónde se seguía y Rafa mandó a Joselillo para que se acercara de manera que los rezagados pudieran ver su luz y encontrar el camino. Nuestro nuevo recluta se deshizo en insultos e improperios cuando vio a Joselillo, mostrando su disgusto por haberlo “abandonado”. A partir de este momento, hubo chanza para varios días con el tema pero, por el momento, se consiguió aplacar los nervios de los expedicionarios. Además, Dani no se despegó en ningún momento del grupo de cabeza.

            Continuamos nuestro camino por la 5ª Avenida dando gracias al Todopoderoso por haber acabado la parte estrecha de la travesía. Un riachuelo nos salió al paso, alimentado por algunos afluentes y una curiosa fuentecilla natural que eleva un pequeño chorro de agua fresca en mitad de una pared, permitiendo que el cuevero sediento aplaque su sed. Tuvimos que usar varios pasamanos que encontramos instalados para poder seguir el curso del agua sin mojarnos hasta el ombligo. El camino gira varias veces antes de desembocar en un amplio corredor conocido como Vira de la Araña.

Joselillo y Emiliano franquean un precipicio mediante un pasamanos. Fotografia de Jesús Molina Torres

                    Las paredes se separaron pero el techo se elevó mucho más y, al igual que el día anterior nos sucediera con Cueva Cañuela, la travesía de Cueva Fresca discurrió por un entramado de túneles gigantescos que se entrecruzaban a varias alturas. En los cruces de estos túneles encontramos grandes precipicios que tuvimos que franquear usando hasta siete pasamanos instalados a gran altura en paredes verticales. En uno de estos, Joselillo resbaló y quedó suspendido de los cabos de anclaje consiguiendo así llevarse un susto de recuerdo para casa. Cuando no había pasamanos aéreo había grandes corredores que recorrimos a pié con rapidez pero, dada la gran longitud del recorrido, la hora se nos fue echando encima de modo que, cuando salimos eran ya las once y cuarto de la noche. De hecho, nos dimos cuenta de que habíamos salido porque empezamos a ver vegetación a nuestro alrededor, no por el cambio de luminosidad al que estamos acostumbrados. Habíamos pasado cerca de doce horas bajo tierra y alcanzamos una cota máxima de -437 metros. Sin poder apagar los frontales, descendimos por una vereda hasta el camino que en horas más luminosas nos condujera a la entrada de Sima Tibia. Lo seguimos hacia la izquierda, dejando el río a nuestra derecha, hasta que llegamos al puentecillo y a las furgonetas. Por suerte, no quedaban lejos y el grupo de amigos cueveros pudo quitarse pronto los equipos y los monos sucios. Metimos todo en las furgonetas y nos fuimos directamente a comer y descansar al refugio Coventosa.

<Estás ahora en la cota -360. ¡Ánimo, campeón!>

Barranquismo en el H. de Oz

                     A la mañana siguiente no hubo nadie que se levantara antes de las nueve de la mañana. Además, dejamos amedrentados durante la noche a otros grupos de excursionistas venidos de Valencia y Madrid con nuestros ronquidos. Una muchacha que venía con los valencianos tubo que coger y colchón e irse al comedor para poder dormir. Emiliano no daba señales de vida y Trini tampoco salió del pequeño cuarto que ocupaba ella sola así que quedábamos tan solo cinco interesados en descender un barranco.

          Ibán nos había suministrado un libro de barrancos de la zona y, tras arduas liberaciones, nos decidimos a visitar la cuenca del río Cares y hacer el barranco de H.oz de Rubó, situado en tierras asturianas, en la parte noreste de los Picos de Europa así que cogimos una cuerda de barrancos y otra auxiliar, además de los útiles de barranquear, nos montamos en la furgoneta de Rafa y pusimos rumbo a Asturias por la autovía A-8.

          Pasadas una hora y media, llegamos al término municipal de Panes, pedanía de Peñamellera Baja y al paraje pintoresco de Puente la Vidre, situado a orillas del Cares. Pasaban las doce del mediodía y decidimos almorzar en el único set de mesa y bancos de aquel parking antes de meternos en faena. Según nuestra información, con tres o cuatro horas debíamos tener suficiente para cumplir nuestro tercer objetivo.

Camino de la cabecera del barranco H.oz de Rubó.. Fotografia de Jesús Molina Torres

             Cuando terminamos de comer, preparamos el material y nos pusimos en marcha atravesando primero el mencionado Puente de la Vidre para seguir a continuación por una vereda que asciende suavemente entre la arboleda y los helechos. Tras atravesar un prado, el camino se interna de nuevo en el bosque y, al llegar al barranco, tuerce a la derecha para ganar altura con rapidez. Después de pasar algunos puentes muy bonitos, salimos de la arboleda y ascendimos por la ladera izquierda del río, atravesando varios pedregales y buscando una caseta de aguas que menciona el libro que nos dio Ibán.Como nos ha sucedido en más de una ocasión, nos pasamos de largo la caseta y acabamos trescientos metros más arriba de la cuenta a pesar de las advertencias de Sergio que veía a su derecha el cauce de nuestro barranco más seco que el ojo de un tuerto. Tuvimos que descender un resbaladizo terraplén para alcanzar el lecho del río y, luego, seguir el cauce hasta que encontramos la minúscula caseta bajo una gran roca (era imposible verla desde el camino). Una vez localizada, nos pusimos los arneses y nos preparamos para el descenso.

         El agua estaba bien fresquita, sobretodo en la primera impresión, y a todos nos costó decidirnos a saltar en la gran poza que había bajo el primer rappel y que nos cubría por completo. Tal vez fue por eso que Joselillo pensó que era buena idea resarcirse conmigo por lo de la estrechez y decidió tirar al agua a este humilde cronista aprovechando una distracción. Tuvo suerte de que supiera encajar las bromas con deportividad y no sea rencoroso.

Dani desciende una cascada corta. Fotografia de Jesús Molina Torres

         Como no es cuestión de relatar salto por salto lo que hicimos (tampoco es que pueda), os diré que las tres o cuatro horas que pasamos allí fueron tan divertidas como cualquiera de las que pasamos en otros barrancos. No hubo complicaciones y el tiempo se comportó a pesar de la amenaza constante de lluvia (de hecho, cayeron algunas gotas durante todo el día pero sin llegar a ser una molestia). Nos lo pasamos genial haciendo bromas y chistes entre cada rappel, siempre en el marco incomparablemente bello que ofrecen los Picos de Europa. No encontramos desniveles excesivamente grandes (más de 10 metros) y el barranco llevaba agua suficiente como para hacerlo interesante pero, como siempre ocurre, todo barranco acaba y el nuestro muere en el río Cares así que nos salimos del barranco por una vereda que encontramos a la derecha y que asciende un poco hasta conectar con la que nos había llevado a la cabecera del barranco.

        Lo malo es que, en algún momento, nos salimos de ella sin darnos cuenta y llegamos a un punto en que el río nos cortaba el paso. Antes de volver atrás y buscar el camino, decidimos vadear la corriente. Instantes después llegamos al parking donde tenía Rafa la furgoneta, nos quitamos nuestro traje de los domingos (que es de neopreno a diferencia de la gente normal) y nos volvimos para Asón sin entretenernos. Cuando llegamos al refugio, encontramos a Emiliano y a Trini que habían disfrutado de un día de relax paseando por los alrededores de aquel paraje tan llamativo para los andaluces. Empleamos el resto de la jornada en limpiar los equipos y las cuerdas mientras nos contábamos las anécdotas de los últimos días. Por la noche, cenamos todos juntos en el restaurante un buen chuletón de ternera, bebimos y reímos hasta que las fuerzas nos abandonaron y nos fuimos a dormir.

            A la mañana siguiente (domingo día 10) nos levantamos sobre las 8 de la mañana para emprender el viaje de vuelta. Hacia las 13 horas, llegamos a Segovia y allí dejamos las furgonetas en un parking. Luego, nos fuimos a ver el acueducto, el casco antiguo de la ciudad, la catedral y la alcazaba para terminar en el Restaurante “El Patio”, donde pudimos degustar un exquisito cochinillo asado. Por la tarde, reanudamos nuestro viaje; cruzamos Madrid y paramos en Guarromán (provincia de Jaén). Después ya no paramos hasta que llegamos a Granada. Acabamos tarde nuestro viaje pues podían ser las 21:30 más o menos cuando paramos en Peligros.

          Allí se disolvió la tropa y cada uno se fue a su casa para terminar esta memorable excursión que transcurrió en un clima de amistad y compañerismo excepcionales a pesar de las bromas y percances relatados. Continuamos así nuestra buena racha en cuanto se refiere a este tipo de actividades pues no nos perdimos dentro de las cuevas (o buscándolas) ni resultó nadie lesionado en ningún momento. Es por ello que debemos dar las gracias a nuestros guías por saber conducirnos y sortear todos los obstáculos que se presentaron en esta complicada excursión; a Ibán, por venir desde tan lejos para perder un día con nosotros, exponiendo su vida a las fatales consecuencias de una caída. Y al restaurante/refugio Coventosa de Val de Asón por su trato inmejorable hacia nosotros durante la estancia en tierras cántabras. La comida es muy buena y el emplazamiento cuenta con unas vistas excepcionales. Y sin más que contar, me despido de ustedes esperando que el relato haya sido de su agrado. ¡Un saludo y hasta la próxima aventura!

Joselillo desciende una de las cascadas que encontramos. Fotografia Jesús Molina Torres

<Cota -500. ¡Fin del pozo!>

Dedicado a mí amigo, Rafa Pontes.


12 de Noviembre de 2011       

       La Cueva del Malalmuerzo esta situada en Moclín, Granada, muy cerca del nacimiento  tambien conocido como Fuente del Malamuerzo. Cuando José Manuel Porcel nos propuso hacerla era por que no eran necesarios conocimientos especificos de espeleo para hacerla. En realidad la cueva no es otra cosa que una gran gatera que va conduciendo entre espectaculares salas por las que no es necesario ni rapelar ni progresar verticalmente.

Nos disponemos a iniciar el camino que nos lleva hasta la cueva

            Esta cueva esta situada en los Montes orientales, en la pedanía de Moclín. Y hacia allí nos dirigimos por la mañana, después de recoger a los diferentes integrantes del equipo espeolológico. Muy sabiamente el grupo estaba integrado por una mayor parte de espeleólogos expertos que nos cubrían, amablemente, las espaldas a cuatro novatos. Los novatos eramos José Antonio “Kiki” Martín Framit, el bueno de Fausto Ortega, listo para disparar mil fotos a la oscuridad, Luis Hernández y quien esto os escribe. Entre el batallón de expertos teniamos al que venía siendo nuestro maestro en técnicas de progresión vertical, José Manuel Porcel, un buen amigo al que tuvimos la suerte de conocer hace años durante nuestro paso por el grupo de rescate de Protección Civil Granada.  Porcel tenía el apoyo de  Jesús Molina “Chechu”, de la Sección Espeleológica del Club La Verea,  a quien conocimos en aquel momento pero que en la actualidad es un compañero habitual de aventuras y los miembros de el Club Espeleológico Aguijón. De este último Hector Jiménez, un auténtico topo, con un conocimiento esquisito de las cueva, nos sirvió de guia explicandonos las diferentes formaciones que salian a nuestro paso. Juan Carlos “K” Castillo, también del Aguijón, cerraba filas vigilando que nadie se quedara retrasado.

               La Cueva del Malamuerzo, al menos su cavidad más exterior, es propicia desde antiguo para el habitat humano debido a su posición geo-estratética. El valle en el que está situada conecta la Vega granadina con los valles del Guadalquivir, estimandose en función a la industria cerámica localizada  (Carrión y Contreras, 1979)  que viene siendo habitada al menos desde el neolítico antiguo (hacia el 8.000 A.C.). Esta ocupación se produjo por etapas hasta al menos la Edad de Bronce, teniendo tiempos de ocupación y otros en los que quedaba desierta. Tambien se han encontrado pinturas rupestres esparcidas por las partes iniciales de la cueva, entre ellas un caballo rojo, un bovido negro y numerosos puntos y figuras ideográficas probablemente de contenido religioso o simbólico.

                  El nombre del nacimiento cercano y de la misma cueva parece provenir de una antigua batalla entre musulmanes y cristianos, allá por tiempos de la reconquista. Según los cronistas, que llamaron a esta  rellerta la Batalla de Mingo Andrés, en abril de 1424 los cristianos de Alcalá de Benzayde (ahora conocida como Alcalá la Real) comandados por Don Pedro Fernandez, se encontraban realizando una incursión por los límites fronterizos de Alcalá en respuesta al quebranto que habian hecho los musulmanes de la tregua firmada hacia tres años. Al cruzar un río, Don Pedro cayó del caballo así que decidieron pararse a cobrar fuerzas y comer un poco junto al nacimiento de agua que actualmente conocemos como Malalmuerzo. Los musulmanes de Moclín habían observado su paso por lo que decidieron tenderles una emboscada. Al parecer la fuente se encontraba en la misma linea limitrofe entre ambos territorios. El ejercito moro les superaba en número, ya que se habian juntado las partidas de Moclin (caballeros) y Colomera (soldados a pie), por lo que los cristianos de Alcalá no tuvieron oportunidad y fueron aniquilados. El cuerpo de Don Pedro fue llevado a Moclín donde se le cortó la cabeza, que fue entregada a Muhammad IX el Zurdo, rey de Granada.

         Esa es, en definitiva, la historia que da nombre al lugar. Sin embargo la Cueva del Malalmuerzo tiene mucho más que ofrecer. A la parte inicial, más abierta y con algun habitáculo lateral, se añade un entramado de gateras que van conduciendo hasta salas de una increible belleza y un sin número de formaciones. Dado que la cueva no necesita ninguna progresión vertical, desarrollandose todo el recorrido en el plano horizontal, no son necesarios grandes conocimientos espeleológicos, siendo una cueva muy interesante como iniciación. Sin embargo si presenta un problema que no debemos olvidar. Su entramado de galerías puede resultar  laberíntico, por lo que es imprescindible introducirnos en ella acompañados  por alguien con experiencia y que conozca esta cueva debidamente.

Atravesando la gatera inicial en Malalmuerzo

           A la entrada principal, en la que pronto debemos irnos encogiendo, sigue un estrecho tunel o gatera de por lo menos 50 metros de longitud que conduce a una pequeña abertura, el temido sifón de la cueva del Malamuerzo. Poniendo la espalda contra el suelo e introduciendonos de cabeza  conseguimos pasar por este estrecho paso en forma de L. A la salida nuestra mano derecha encuentra un asidero en la parte superior que nos permite hacer fuerza para sacar el resto del cuerpo.

El avance através de la larga gatera es lento, adaptandonos a los diferentes huecos de la roca.

                Accedemos de este modo a una galería más amplia, con pequeñas salas a mano izquierda. A la derecha segun avanzamos tenemos una pared con abundantes rastros de erosión. A estos rastros, en forma de rebabas, se les conoce en el mundo espeleológico como golpes de gubia y vienen producidos por los golpes de los cantos rodados arrastrados por las corrientes subterraneas. Su existencia indica un amplio caudal de agua en el remoto pasado.

Hector explica los detalles de la cueva y su evolución a lo largo del tiempo.

          Continuamos nuestro avance y una nueva gatera, bastante más corta que la anterior, acerca nuestro rostro al suelo. De repente todo se abre y accedemos a una gran sala, con grandes grupos de estalactitas, estalagmitas y otras muchas formaciones de los que desconozco el nombre.

Un breve descanso en la Sala del Queso

        Se trata de la Sala del Queso, llamada alli por que en la sala hay una gran roca que recuerda a este alimento. En el techo detectamos la presencia de murciélagos. se encuentran hibernando, por lo que tratamos de realizar el menor ruido posible. Si los despertaramos serían incapaces de dormirse de nuevo, muriendo irremisiblemente en lo crudo del invierno. y no es que tengamos hoy en día muchos murciélagos como para poder prescindir de uno solo de ellos.

Sala del Queso en Malalmuerzo

        La Sala del Queso está flanqueada por galerias y pequeñas salas, también de enorme interes debido a las preciosas formaciones que guardan. Hay numerosos casos de diminutas estalactitas excentricas, en las que el aire les ha hecho tomar formas curiosas, desafiando a la gravedad.

         Despues de examinar todos los recodos de esta sala continuamos por una nueva gatera que nos conduce hasta un agujero que, una vez más en forma de L, nos lleva hasta la última y más recondita de las salas, la que es conocida como la Sala de la Tetería.

sala de la Tetería en Malamuerzo

              Esta sala es conocida así por que en la parte central hay unas estalactitas que parecen haberse fusionado con las estalagmitas de la parte inferior y a su vez con unas plataformas de roca producto de los embalsamientos de agua y mineral a lo largo de los eones. Todo el techo está cubierto por preciosisimas estalactitas estrelladas que dan a la sala un aspecto mocarabe que permitió dotar de nombre a este reducido espacio de la cueva. No obstante, aunque pequeña, esta sala permite tener sentados comodamente al menos a diez personas. De hecho nosotros aprovechamos para comer un poco aqui y charlar durante un largo espacio de tiempo. Hector nos dió una clase magistral del fenómeno de producción de cuevas, propiciados por la lluvia, la atmósfera y hasta la cubierta vegetal del exterior. Hicimos un último experimento, apagando todas las luces y guardando el más completo silencio. Fue realmente espectacular. Se podían escuchar las diminutas gotitas  dando forma todavia a la cueva.

Sala de la Tetería

             Y ya, contentos con nuestro comportamiento como novatos, llegó el momento de retornar por los laberínticos pasillos y galerías hasta encontrar nuevamente la luz de la salida. A continuación os dejo un video que pude grabar con una cámar montada en mi casco, lo que consigue una visión subjetiva muy interesante. Será un poco como si vierais a través de mis ojos. El siguiente video, debido a su tamaño, está dividido en dos partes, asi que cuando veais los primeros creditos de la primera parte esperar un poco. Al final vereis un botoncito que pone “ver la segunda parte” que os cargará el siguiente video.. El video completo debe durar algo menos de 40 minutos (un documental en toda regla).

         Chechu, de la Sección Espeleológica del Club La Verea, también creo un video alucinante de nuestra experiencia. Lo podeis ver aqui: