Aigüestortes 2011: Etapa Prólogo

Publicado: 20 septiembre, 2011 en Grandes Rutas de Montaña, Montaña
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14 de agosto de 2011

           Por fin había llegado el día. Llevábamos casi cuatro meses atando los diferentes cabos que nos permitirían recorrer el Parque Nacional de Aigüestortes y Lago de San Mauricio durante una semana  de trekkin por paisajes espectaculares. Así pues, a las seis y media de la mañana estaba Juan Antonio Rodríguez, compañero de aventura, en la puerta de mi  casa dispuesto a iniciar la primera parte de la aventura: un viaje de locos, a toda velocidad, hacia el Norte.

De Granada al Refugio de Estany Llong en 13 horas

         El rompecabezas exigía establecer una serie de conexiones de medios de transporte público capaces de llevarnos desde Granada hasta las proximidades del refugio de Estany Llong, separados casi 800 km a vuelo de pájaro. Dado que no hay aeropuertos en las inmediaciones de nuestro destino y que las pocas combinaciones existentes no permitían salir desde aeropuertos más alejados, la única opción que se presentó como factible fue atravesar el territorio español mediante el AVE, el ferrocarril más rápido en nuestro territorio, y realizar las conexiones menores cerca de destino mediante autobuses y taxis.

         Inicialmente teníamos preparada la conexión hasta la estación de Antequera, lugar por donde pasa el AVE actualmente con dirección a Barcelona, mediante un tren de cercanías que salía desde la estación de tren de Granada. Unos pocos días antes de nuestro viaje nos dimos cuenta de que podríamos haber cometido un error de importancia, ya que el tren que va de Granada a la Estación de Tren de Antequera no conecta con la estación de tren por la que pasa el AVE. Por que la confusa información de RENFE mencionaba a la estación del AVE como Estación de Antequera Santa Ana, cuando lo cierto es que esa estación está alejada de Antequera por lo menos 25 kilómetros. Por que nuestros políticos han decidido, por misteriosas razones, situar una estación de carísima construcción por la que pasa un medio de locomoción de gran importancia y de elevado coste tecnológico, en medio de la nada. Y luego, claro, siempre hay quien se queja de que lo usa poca gente.

             En fin, al menos nos enteramos a tiempo. En el coche de Juan salimos disparados, a eso de las 6:30 de la mañana, hacia Antequera. El día comenzaba a desplegarse y en la radio del coche sonaba la ecléctica y vibrante música de Hande Yener , cantante turca situada entre las favoritas de Juan. Llegamos a la Estación de Tren de Antequera (la de siempre) a eso de las 7:30, aparcando el vehículo en su parking gratuito. Llamamos a un taxi y, afortunadamente, en menos de tres minutos lo teníamos junto a nosotros. Viajando en el taxi nos dimos cuenta de la enorme distancia que separa a la estación de Antequera de toda la vida con la hiperfuturista estación de Antequera Santa Ana y el error que podríamos haber cometido si llegamos a coger el tren de cercanías.

                     Poco después de las ocho de la mañana estábamos ya en la estación del AVE aguardando el paso de esta espectacular máquina. Con puntualidad matemática nos subíamos al AVE a las 8:50 y ocupábamos nuestros asientos. Pronto nos sorprendimos por la velocidad que alcanzaba el vehículo, superando en ocasiones los 300 Km/hora. Asientos cómodos, amplios y con buena atención. Así comenzamos a avanzar hacia el norte, viendo extenderse los paisajes del país a nuestro paso.

                     Hacia las 13:00, parece increíble, estábamos en Lérida. Teníamos un par de horas para localizar la estación de autobuses y comer algo. Lo primero fue relativamente fácil. Había memorizado aproximadamente el mapa de la pequeña ciudad catalana y sabía que debíamos subir por un paseo amplio, la Rambla de Ferran, para encontrar la estación de autobuses de Lerida. Cuando la localizamos fue algo decepcionante. Parecía una estación de autobuses de hacía cuarenta años, por lo menos, con poca o ninguna información. Nos acercamos al punto de información y nos encontramos con un trabajador sudamericano, tumbado literalmente sobre un banco, que paso kilo y medio (dicho en andaluz) de proporcionarnos información. A la sencilla pregunta de “¿En que andén para el autobús para Pont de Suert?”, el desganado trabajador, sin levantarse, sin mirarnos,  perfectamente tumbado, nos dijo casi a regañadientes: ” Andenes del 1 al 20″. Claro, la estación solo tiene veinte andenes. Bendita ayuda. Cuanta gente hay con gana de trabajar y cuanto inutil hay trabajando…

                  Encontramos un pequeño bar cerca de la estación donde pudimos pedir que nos hicieran unos bocadillos. Ya con el estómago lleno volvimos a la estación de autobuses, donde aguardamos alguna señal que indicara la llegada de nuestro autobús. Y al final llegó, un pequeño autobús sin demasiadas señales aparcó en un extremo de la estación. Salimos corriendo, le enseñamos los billetes al simpático conductor y cargamos las mochilas en el maletero.

                    Nuestro objetivo era llegar a Boí, un pequeño pueblecito incrustado en las montañas del parque nacional. No por nada especial, lo cierto es que hay múltiples accesos al parque ya que cada refugio esta bien conectado con el exterior mediante pistas que conducen a pueblos cercanos. Por lo tanto prácticamente desde cada uno de los pueblos perimetrales del parque hay un buen acceso al mismo. Nosotros habíamos seleccionado Boí, simplemente por que los horarios y conexiones de los diferentes medios que teníamos que utilizar hacían más practicable este punto de acceso.

                 El autobús inició su salida atravesando inicialmente la zona suburbana de Lérida, donde pudimos apreciar una abundantísima población inmigrante (y la casi ausencia de nacionales), producto de la economía agrícola de la región. Pero poco a poco el hostil paisaje urbano fue dando paso al espectacular verdor norteño del pirineo. Serían las 17:30 cuando conseguimos llegar a Pont de Suert, un pueblo que ya comenzaba a respirar el aire de las montañas cercanas. En este cruce de caminos, y tras apearnos apresuradamente del renqueante autobús, procedimos a llamar a un taxista que habíamos localizado previamente desde Granada y que no tardó ni diez minutos en estar frente a nosotros, dispuesto a llevarnos hasta nuestro siguiente destino, la Vall de Boí y más concretamente el pueblecito desde el que debiamos coger nuestro siguiente medio de locomocíón: Boí.

                   Tras media hora el taxi nos dejaba en la plaza principal de Boí, lugar desde el que parten los 4×4 que llevan, por ser los únicos autorizados, hasta la entrada del parque. Tras sacar los correspondientes billetes (solo de ida, como en las buenas pelis de aventuras), nos montamos en el 4X4 (solo nosotros dos, a esas horas ya nadie subía al parque) y comenzamos a subir por la serpenteante pista que lleva hasta el inicio del sendero. Una suave lluvia comenzó a caer sobre nosotros, aunque afortunadamente cesó cuando nos apeamos del vehículo al llegar a la caseta informativa que sirve de fin de trayecto para el servicio de 4×4.

                 Nos ajustamos las mochilas, abrimos los  bastones y comenzamos a andar. La aventura comenzaba en ese momento.

Sendero hasta el refugio de Estany Llong

Ruta de 4 kilómetros hasta el Refugio

          Comenzamos a caminar por un amplio sendero, inicialmente en suave descenso para luego comenzar a planear de forma ascendente hasta alcanzar una zona amplia conocida como Planell d’Aigüestortes. Pasamos junto a una pequeña fuente, la Fuente del Paso, en la que se puede rellenar las reservas de líquido si fuera necesario.

             A derecha e izquierda se alzan formidables montañas que parecen vigilar nuestro paso. Todo esta cubierto por un suave verdor, refrescado por la ligera lluvia de esa tarde. A nuestra derecha se alza el Dellui con el amplio corredor que forma el Valle del Dellui y que conduce hasta el collado por el que pasaremos al día siguiente. Por lo pronto el camino es extremadamente suave, muy cómodo y perfectamente señalizado. de vez en cuando se pasa por pasarelas de madera que permiten sortear los numerosos riachuelos y meandros del recorrido.

           Finalmente el camino nos lleva hasta una zona más amplia conocida como los Prados de Aiguadassi (del latín Aqua Nasce, “el agua que nace”) en la que debemos pasar por una larga pasarela que evita que pisemos el suelo semiencharcado por los diversos riachuelos que confluyen en aquel punto. Cuando abandonamos la pasarela un cartel nos indica que el camino se divide. Si vamos hacia la izquierda nos encontraremos con el temible paso del Contraix. Hacia la izquierda está nuestro destino, el refugio de Estany Llong. Seguimos las indicaciones, que nos llevan nuevamente a una amplia pista que asciende durante aproximadamente diez minutos de marcha, hasta encontrarse directamente con el refugio.

        Cuando entramos al refugio todo el mundo estaba sentado y ya estaban disfrutando de la legendaria cena que se suele dar en esto albergues montañeros. Nos acercamos a la pequeña oficinita del refugio, que también sirve de cocina y les explicamos quienes eramos y que teníamos reserva para esa noche. Con un parloteo monótono el guarda nos echo un poco en cara que llegáramos a las 19:30 cuando la cena se sirve a las 19:00. Le explicamos por encima desde donde veníamos aquel día, la dificultad de las múltiples conexiones que tuvimos que realizar y que habíamos advertido a la organización que quizás llegáramos unos minutos tarde por eso mismo.

       Nos indicaron donde sentarnos (los únicos huecos libres) y comenzamos a comer. Estábamos satisfechos por haber llegado, aunque aquel frío y metódico recibimiento ya nos avisaba que el ambiente que ibamos a respirar era un poco diferente (o mucho) al ambiente montañero al que estábamos acostumbrados. En Sierra Nevada los refugios son eso, refugios, nunca se pone una cara rara cuando un montañero llega a una hora intespestiva. Pero aquí todo esta milimétricamente calculado, supongo que para poder manejar la enorme afluencia de público en ese recorrido. Sin embargo todo aquello no hacia sino dejarnos un cierto gustillo amargo, programado, como si hubiésemos aterrizado en una especie de “resort  de la montaña”. El guarda nos preguntó si íbamos a querer picnic (una bolsa con comida para el camino) para el día siguiente. Ante la pregunta condicional malinterpretamos que en el refugio de destino, si llegábamos a una hora prudente, podrían darnos de comer. Por tanto yo le pregunté si llegaríamos en hora de que nos dieran de comer en el siguiente refugio. El guarda, sabiendo que saldríamos para las 8 de la mañana nos aseguro que no tendríamos ningún problema. Craso error, pero eso lo descubriríamos al día siguiente.

     En aquella primera cena conocimos ya a unas personas magísimas que nos iríamos encontrando a lo largo de todo el recorrido en los días siguientes: Sever y Montse, dos montañeros (posteriormente descubriríamos que también rockeros) de Barcelona con los que pudimos charlar de montaña, andaluza y catalana. Sin darnos cuenta acabamos con la opípara cena, así que nos dispusimos a dar un paseo por el exterior haciendo tiempo para llegar a la hora del silencio y nos tuviéramos que ir  al dormitorio comunitario. Al día siguiente nos aguardaba la primera jornada en serio, una larga caminata atravesando el Collado de Dellui hasta llegar al refugio de Colomina.

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